martes, 24 de marzo de 2015

Capítulo 01


Imagen de Raúl Arias

Que  trata de la  condición y ejercicio del famoso  hidalgo D. Quijote de la Mancha

Esta es uma propuesta de lectura del libro: El Hingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes Saavedra. Veremos cada capítulo seguido del áudio al inicio y al final del texto. En el caso de que tengaís dudas a respecto de algunas de las palavras utilizadas por el autor, os dejo el enlace de este mismo texto en el Instituto Cervantes para que podáis entenderlas sin dificultades. Además vais a encontrar al final de cada capítulo un resumen y un análisis estadístico de palabras realizado por el programa Antconc.

Instituto Miguel de Cervantes:

AUDIO:

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas con sus pantuflos de lo mismo, los días de entre semana se honraba con su vellori de lo más fino. 

Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años, era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro; gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada o Quesada (que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben), aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llama Quijana; pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.

Es, pues, de saber, que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año) se daba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura, para comprar libros de caballerías en que leer; y así llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y de todos ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva: porque la claridad de su prosa, y aquellas intrincadas razones suyas, le parecían de perlas; y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafío, donde en muchas partes hallaba escrito: la razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura, y también cuando leía: los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas se fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza. Con estas y semejantes razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas, y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara, ni las entendiera el mismo Aristóteles, si resucitara para sólo ello. 

No estaba muy bien con las heridas que don Belianis daba y recibía, porque se imaginaba que por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales; pero con todo alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma, y darle fin al pie de la letra como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran.

Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar (que era hombre docto graduado en Sigüenza), sobre cuál había sido mejor caballero, Palmerín de Inglaterra o Amadís de Gaula; mas maese Nicolás, barbero del mismo pueblo, decía que ninguno llegaba al caballero del Febo, y que si alguno se le podía comparar, era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, porque tenía muy acomodada condición para todo; que no era caballero melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le iba en zaga. 

En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio, y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos, como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles, y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo. Decía él, que el Cid Ruy Díaz había sido muy buen caballero; pero que no tenía que ver con el caballero de la ardiente espada, que de sólo un revés había partido por medio dos fieros y descomunales gigantes. Mejor estaba con Bernardo del Carpio, porque en Roncesvalle había muerto a Roldán el encantado, valiéndose de la industria de Hércules, cuando ahogó a Anteo, el hijo de la Tierra, entre los brazos. Decía mucho bien del gigante Morgante, porque con ser de aquella generación gigantesca, que todos son soberbios y descomedidos, él solo era afable y bien criado; pero sobre todos estaba bien con Reinaldos de Montalbán, y más cuando le veía salir de su castillo y robar cuantos topaba, y cuando en Allende robó aquel ídolo de Mahoma, que era todo de oro, según dice su historia. Diera él, por dar una mano de coces al traidor de Galalón, al ama que tenía y aun a su sobrina de añadidura. 

En efecto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra, como para el servicio de su república, hacerse caballero andante, e irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras, y a ejercitarse en todo aquello que él había leído, que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio, y poniéndose en ocasiones y peligros, donde acabándolos, cobrase eterno nombre y fama. Imaginábase el pobre ya coronado por el valor de su brazo por lo menos del imperio de Trapisonda: y así con estos tan agradables pensamientos, llevado del estraño gusto que en ellos sentía, se dió prisa a poner en efecto lo que deseaba. Y lo primero que hizo, fue limpiar unas armas, que habían sido de sus bisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho, luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón. Limpiólas y aderezólas lo mejor que pudo; pero vió que tenían una gran falta, y era que no tenía celada de encaje, sino morrión simple; mas a esto suplió su industria, porque de cartones hizo un modo de media celada, que encajada con el morrión, hacía una apariencia de celada entera. Es verdad que para probar si era fuerte, y podía estar al riesgo de una cuchillada, sacó su espada, y le dió dos golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo que había hecho en una semana: y no dejó de parecerle mal la facilidad con que la había hecho pedazos, y por asegurarse de este peligro, lo tornó a hacer de nuevo, poniéndole unas barras de hierro por de dentro de tal manera, que él quedó satisfecho de su fortaleza; y, sin querer hacer nueva experiencia de ella, la diputó y tuvo por celada finísima de encaje. 

Fue luego a ver a su rocín, y aunque tenía más cuartos que un real, y más tachas que el caballo de Gonela, que tantum pellis, et ossa fuit, le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro, ni Babieca el del Cid con él se igualaban. Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le podría: porque, según se decía él a sí mismo, no era razón que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno él por sí, estuviese sin nombre conocido; y así procuraba acomodársele, de manera que declarase quien había sido, antes que fuese de caballero andante, y lo que era entones: pues estaba muy puesto en razón, que mudando su señor estado, mudase él también el nombre; y le cobrase famoso y de estruendo, como convenía a la nueva orden y al nuevo ejercicio que ya profesaba: y así después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar ROCINANTE, nombre a su parecer alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo. 

Puesto nombre y tan a su gusto a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo, y en este pensamiento, duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar DON QUIJOTE, de donde como queda dicho, tomaron ocasión los autores de esta tan verdadera historia, que sin duda se debía llamar Quijada, y no Quesada como otros quisieron decir. Pero acordándose que el valeroso Amadís, no sólo se había contentado con llamarse Amadís a secas, sino que añadió el nombre de su reino y patria, por hacerla famosa, y se llamó Amadís de Gaula, así quiso, como buen caballero, añadir al suyo el nombre de la suya, y llamarse DON QUIJOTE DE LA MANCHA, con que a su parecer declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la honraba con tomar el sobrenombre della.

Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín, y confirmándose a sí mismo, se dió a entender que no le faltaba otra cosa, sino buscar una dama de quien enamorarse, porque el caballero andante sin amores, era árbol sin hojas y sin fruto, y cuerpo sin alma. Decíase él: 

—Si yo por malos de mis pecados, por por mi buena suerte, me encuentro por ahí con algún gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros andantes, y le derribo de un encuentro, o le parto por mitad del cuerpo, o finalmente, le venzo y le rindo, ¿no será bien tener a quién enviarle presentado, y que entre y se hinque de rodillas ante mi dulce señora, y diga con voz humilde y rendida: yo señora, soy el gigante Caraculiambro, señor de la ínsula Malindrania, a quien venció en singular batalla el jamás como se debe alabado caballero D. Quijote de la Mancha, el cual me mandó que me presentase ante la vuestra merced, para que la vuestra grandeza disponga de mí a su talante? 

¡Oh, cómo se holgó nuestro buen caballero, cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quién dar nombre de su dama! Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque según se entiende, ella jamás lo supo ni se dió cata de ello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a esta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo, y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla DULCINEA DEL TOBOSO, porque era natural del Toboso, nombre a su parecer músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto.

Preguntas para acercarse a esa obra:
01 ¿Quién escribió el 'Quijote'?
Miguel de Cervantes. Lo del "historiador arábigo" Cide Hamete Benengeli es sólo un marco literario para dar complejidad a la historia, un juego: Cervantes inventa al narrador; éste, a Alonso Quijano, que inventa a Don Quijote, que inventa a Dulcinea….
Frases célebres de Don Quijote de la Mancha
-A quien se humilla, Dios le ensalza.
-Adonde interviene el favor y las dádivas, se allanan los riscos y se deshacen las dificultades.
-Al bien hacer jamás le falta premio.
-Amistades que son ciertas nadie las puede turbar.

Resumen del capítulo 01
Al empezar la historia, la narración comienza así:"En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor". De hecho presenta a un hidalgo de unos 50 años, soltero, sin mujer o hijos, que se hace llamar Alonso Quijada o Quesada o Quejana, una diferencia ejemplificada por algunos autores del caso escriben. Aunque al final por conjeturas creíbles se deja entender que realmente se llamaba Quejana, sin embargo Miguel de Cervantes no deja claro quiénes son estos autores. Ese hidalgo de tanto leer libros de caballería termina vendiendo algunas partes de sus tierras para comprarse más libros de caballerías. Cervantes al contar esa historia aprovecha el momento para ironizar a respecto del lenguaje de los libros de caballería al mencionar que ninguno le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque había escrito una prosa con claridad aunque exponía unas intricadas razones que a Quijote le parecían perfectas. Todavía más cuando se deparaba con aquellos “requiebros y cartas de desafíos, en los que en muchas partes se podría encontrar escrito. Además de Feliciano de Silva, se nombran otros libros caballerescos y sus protagonistas, como Amadis de Gaula y Palmerín de Inglaterra. Tras leer tantos libros de caballerías, el hidalgo pierde el juicio y decide hacerse por sí mismo caballero andante para aumentar su honra y para servir a su república. Así, busca las armas antiguas de su bisabuelo, las limpia, pero percibe que no tiene celada de encaje (pieza de armadura para proteger la cabeza y el rostro), sólo un casco y no lo descarta y decide añadirle un cartón. Al probar su celada mal inventada con la espada, para probar su resistencia, la hace pedazos. No satisfecho, lo intenta otra vez agregar el cartón a la celada, pero esta vez le pone unas barras de hierro y no la prueba con miedo que a se deshiciera otra vez destruyendo también su ilusión. A su pobre, feo e esquelético caballo le escoge un nombre, y a partir de aquél momento empieza a llamarlo de Rocinante, y decide ponerse a sí mismo un nombre después de ocho días de contemplación, y se decanta por don Quijote. Pero al recordarse que el propio Amadís de Gaula no estando contento de llamarse a penas Amadís también añade Gaula, él resuelvo añadir a su nombre el lugar de donde procede: “de la Mancha”. Con todo ya prácticamente listo, solo le falta una dama de quien enamorarse, y así elige a Aldonza Lorenzo, una labradora quien vivía cerca, y decide llamarla Dulciena del Toboso, pero no se da cuenta de que ella ya es la dama de don Quijote, y mucho menos que ya tiene otro nombre.
Janete M. C. Silva

Análisis del capítulo 01 - Programa Antconc - Estadística de palabras: lista de palabras y concordancia

#Word Types: 715
#Word Tokens: 1882
Mayor ocurrencia de palabras cap01:

01
123
de
Preposición

02
104
y
Conjunción

03
088
que
Pron. relativo u otra posibilidad

04
044
a
Preposición

05
040
el
Artículo definido singular

06
038
en
Preposición

07
035
su
Pronombre posesivo

08
033
la
Artículo definido singular

09
032
se
Pron. reflexivo u otra posibilid

10
027
con
Preposición

11
022
le
Objeto indirecto

12
021
los
Artículo definido plural

13
020
no
Adverbio de negación

14
018
del
Contracción

15
018
por
Preposición

16
017
lo
Artículo neutro u otra posibilidad

17
015
era
Verbo – Ser
Pretérito Imperfecto 
18
014
había
Verbo - Haber
Pretérito Imperfecto 
19
014
él
Pronombre sujeto

20
013
caballero
Sustantivo - masculino







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