martes, 24 de marzo de 2015

Capítulo 01


Imagen de Raúl Arias

Que  trata de la  condición y ejercicio del famoso  hidalgo D. Quijote de la Mancha

Esta es uma propuesta de lectura del libro: El Hingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes Saavedra. Veremos cada capítulo seguido del áudio al inicio y al final del texto. En el caso de que tengaís dudas a respecto de algunas de las palavras utilizadas por el autor, os dejo el enlace de este mismo texto en el Instituto Cervantes para que podáis entenderlas sin dificultades. Además vais a encontrar al final de cada capítulo un resumen y un análisis estadístico de palabras realizado por el programa Antconc.

Instituto Miguel de Cervantes:

AUDIO:

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas con sus pantuflos de lo mismo, los días de entre semana se honraba con su vellori de lo más fino. 

Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años, era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro; gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada o Quesada (que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben), aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llama Quijana; pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.

Es, pues, de saber, que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año) se daba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura, para comprar libros de caballerías en que leer; y así llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y de todos ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva: porque la claridad de su prosa, y aquellas intrincadas razones suyas, le parecían de perlas; y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafío, donde en muchas partes hallaba escrito: la razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura, y también cuando leía: los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas se fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza. Con estas y semejantes razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas, y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara, ni las entendiera el mismo Aristóteles, si resucitara para sólo ello. 

No estaba muy bien con las heridas que don Belianis daba y recibía, porque se imaginaba que por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales; pero con todo alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma, y darle fin al pie de la letra como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran.

Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar (que era hombre docto graduado en Sigüenza), sobre cuál había sido mejor caballero, Palmerín de Inglaterra o Amadís de Gaula; mas maese Nicolás, barbero del mismo pueblo, decía que ninguno llegaba al caballero del Febo, y que si alguno se le podía comparar, era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, porque tenía muy acomodada condición para todo; que no era caballero melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le iba en zaga. 

En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio, y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos, como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles, y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo. Decía él, que el Cid Ruy Díaz había sido muy buen caballero; pero que no tenía que ver con el caballero de la ardiente espada, que de sólo un revés había partido por medio dos fieros y descomunales gigantes. Mejor estaba con Bernardo del Carpio, porque en Roncesvalle había muerto a Roldán el encantado, valiéndose de la industria de Hércules, cuando ahogó a Anteo, el hijo de la Tierra, entre los brazos. Decía mucho bien del gigante Morgante, porque con ser de aquella generación gigantesca, que todos son soberbios y descomedidos, él solo era afable y bien criado; pero sobre todos estaba bien con Reinaldos de Montalbán, y más cuando le veía salir de su castillo y robar cuantos topaba, y cuando en Allende robó aquel ídolo de Mahoma, que era todo de oro, según dice su historia. Diera él, por dar una mano de coces al traidor de Galalón, al ama que tenía y aun a su sobrina de añadidura. 

En efecto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra, como para el servicio de su república, hacerse caballero andante, e irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras, y a ejercitarse en todo aquello que él había leído, que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio, y poniéndose en ocasiones y peligros, donde acabándolos, cobrase eterno nombre y fama. Imaginábase el pobre ya coronado por el valor de su brazo por lo menos del imperio de Trapisonda: y así con estos tan agradables pensamientos, llevado del estraño gusto que en ellos sentía, se dió priesa a poner en efecto lo que deseaba. Y lo primero que hizo, fue limpiar unas armas, que habían sido de sus bisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho, luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón. Limpiólas y aderezólas lo mejor que pudo; pero vió que tenían una gran falta, y era que no tenía celada de encaje, sino morrión simple; mas a esto suplió su industria, porque de cartones hizo un modo de media celada, que encajada con el morrión, hacía una apariencia de celada entera. Es verdad que para probar si era fuerte, y podía estar al riesgo de una cuchillada, sacó su espada, y le dió dos golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo que había hecho en una semana: y no dejó de parecerle mal la facilidad con que la había hecho pedazos, y por asegurarse de este peligro, lo tornó a hacer de nuevo, poniéndole unas barras de hierro por de dentro de tal manera, que él quedó satisfecho de su fortaleza; y, sin querer hacer nueva experiencia de ella, la diputó y tuvo por celada finísima de encaje. 

Fue luego a ver a su rocín, y aunque tenía más cuartos que un real, y más tachas que el caballo de Gonela, que tantum pellis, et ossa fuit, le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro, ni Babieca el del Cid con él se igualaban. Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le podría: porque, según se decía él a sí mismo, no era razón que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno él por sí, estuviese sin nombre conocido; y así procuraba acomodársele, de manera que declarase quien había sido, antes que fuese de caballero andante, y lo que era entones: pues estaba muy puesto en razón, que mudando su señor estado, mudase él también el nombre; y le cobrase famoso y de estruendo, como convenía a la nueva orden y al nuevo ejercicio que ya profesaba: y así después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar ROCINANTE, nombre a su parecer alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo. 

Puesto nombre y tan a su gusto a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo, y en este pensamiento, duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar DON QUIJOTE, de donde como queda dicho, tomaron ocasión los autores de esta tan verdadera historia, que sin duda se debía llamar Quijada, y no Quesada como otros quisieron decir. Pero acordándose que el valeroso Amadís, no sólo se había contentado con llamarse Amadís a secas, sino que añadió el nombre de su reino y patria, por hacerla famosa, y se llamó Amadís de Gaula, así quiso, como buen caballero, añadir al suyo el nombre de la suya, y llamarse DON QUIJOTE DE LA MANCHA, con que a su parecer declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la honraba con tomar el sobrenombre della.

Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín, y confirmándose a sí mismo, se dió a entender que no le faltaba otra cosa, sino buscar una dama de quien enamorarse, porque el caballero andante sin amores, era árbol sin hojas y sin fruto, y cuerpo sin alma. Decíase él: 

—Si yo por malos de mis pecados, por por mi buena suerte, me encuentro por ahí con algún gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros andantes, y le derribo de un encuentro, o le parto por mitad del cuerpo, o finalmente, le venzo y le rindo, ¿no será bien tener a quién enviarle presentado, y que entre y se hinque de rodillas ante mi dulce señora, y diga con voz humilde y rendida: yo señora, soy el gigante Caraculiambro, señor de la ínsula Malindrania, a quien venció en singular batalla el jamás como se debe alabado caballero D. Quijote de la Mancha, el cual me mandó que me presentase ante la vuestra merced, para que la vuestra grandeza disponga de mí a su talante? 

¡Oh, cómo se holgó nuestro buen caballero, cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quién dar nombre de su dama! Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque según se entiende, ella jamás lo supo ni se dió cata de ello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a esta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo, y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla DULCINEA DEL TOBOSO, porque era natural del Toboso, nombre a su parecer músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto.

Preguntas para acercarse a esa obra:
01 ¿Quién escribió el 'Quijote'?
Miguel de Cervantes. Lo del "historiador arábigo" Cide Hamete Benengeli es sólo un marco literario para dar complejidad a la historia, un juego: Cervantes inventa al narrador; éste, a Alonso Quijano, que inventa a Don Quijote, que inventa a Dulcinea….
Frases célebres de Don Quijote de la Mancha
-A quien se humilla, Dios le ensalza.
-Adonde interviene el favor y las dádivas, se allanan los riscos y se deshacen las dificultades.
-Al bien hacer jamás le falta premio.
-Amistades que son ciertas nadie las puede turbar.

Resumen del capítulo 01
Al empezar la historia, la narración comienza así:"En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor". De hecho presenta a un hidalgo de unos 50 años, soltero, sin mujer o hijos, que se hace llamar Alonso Quijada o Quesada o Quejana, una diferencia ejemplificada por algunos autores del caso escriben. Aunque al final por conjeturas creíbles se deja entender que realmente se llamaba Quejana, sin embargo Miguel de Cervantes no deja claro quiénes son estos autores. Ese hidalgo de tanto leer libros de caballería termina vendiendo algunas partes de sus tierras para comprarse más libros de caballerías. Cervantes al contar esa historia aprovecha el momento para ironizar a respecto del lenguaje de los libros de caballería al mencionar que ninguno le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque había escrito una prosa con claridad aunque exponía unas intricadas razones que a Quijote le parecían perfectas. Todavía más cuando se deparaba con aquellos “requiebros y cartas de desafíos, en los que en muchas partes se podría encontrar escrito. Además de Feliciano de Silva, se nombran otros libros caballerescos y sus protagonistas, como Amadis de Gaula y Palmerín de Inglaterra. Tras leer tantos libros de caballerías, el hidalgo pierde el juicio y decide hacerse por sí mismo caballero andante para aumentar su honra y para servir a su república. Así, busca las armas antiguas de su bisabuelo, las limpia, pero percibe que no tiene celada de encaje (pieza de armadura para proteger la cabeza y el rostro), sólo un casco y no lo descarta y decide añadirle un cartón. Al probar su celada mal inventada con la espada, para probar su resistencia, la hace pedazos. No satisfecho, lo intenta otra vez agregar el cartón a la celada, pero esta vez le pone unas barras de hierro y no la prueba con miedo que a se deshiciera otra vez destruyendo también su ilusión. A su pobre, feo e esquelético caballo le escoge un nombre, y a partir de aquél momento empieza a llamarlo de Rocinante, y decide ponerse a sí mismo un nombre después de ocho días de contemplación, y se decanta por don Quijote. Pero al recordarse que el propio Amadís de Gaula no estando contento de llamarse a penas Amadís también añade Gaula, él resuelvo añadir a su nombre el lugar de donde procede: “de la Mancha”. Con todo ya prácticamente listo, solo le falta una dama de quien enamorarse, y así elige a Aldonza Lorenzo, una labradora quien vivía cerca, y decide llamarla Dulciena del Toboso, pero no se da cuenta de que ella ya es la dama de don Quijote, y mucho menos que ya tiene otro nombre.
Janete M. C. Silva

Análisis del capítulo 01 - Programa Antconc - Estadística de palabras: lista de palabras y concordancia

#Word Types: 715
#Word Tokens: 1882
Mayor ocurrencia de palabras cap01:

01
123
de
Preposición

02
104
y
Conjunción

03
088
que
Pron. relativo u otra posibilidad

04
044
a
Preposición

05
040
el
Artículo definido singular

06
038
en
Preposición

07
035
su
Pronombre posesivo

08
033
la
Artículo definido singular

09
032
se
Pron. reflexivo u otra posibilid

10
027
con
Preposición

11
022
le
Objeto indirecto

12
021
los
Artículo definido plural

13
020
no
Adverbio de negación

14
018
del
Contracción

15
018
por
Preposición

16
017
lo
Artículo neutro u otra posibilidad

17
015
era
Verbo – Ser
Pretérito Imperfecto 
18
014
había
Verbo - Haber
Pretérito Imperfecto 
19
014
él
Pronombre sujeto

20
013
caballero
Sustantivo - masculino







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lunes, 23 de marzo de 2015

Capítulo 02

Imagen de Raúl Arias

Que trata de la primera salida que de su tierra hizo el ingenioso D. Quijote

Instituto Miguel de Cervantes


AUDIO



Hechas, pues, estas prevenciones, no quiso aguardar más tiempo a poner en efecto su pensamiento, apretándole a ello la falta que él pensaba que hacía en el mundo su tardanza, según eran los agravios que pensaba deshacer, tuertos que enderezar, sinrazones que enmendar, y abusos que mejorar, y deudas que satisfacer; y así, sin dar parte a persona alguna de su intención, y sin que nadie le viese, una mañana, antes del día (que era uno de los calurosos del mes de Julio), se armó de todas sus armas, subió sobre Rocinante, puesta su mal compuesta celada, embrazó su adarga, tomó su lanza, y por la puerta falsa de un corral, salió al campo con grandísimo contento y alborozo de ver con cuánta facilidad había dado principio a su buen deseo. Mas apenas se vió en el campo, cuando le asaltó un pensamiento terrible, y tal, que por poco le hiciera dejar la comenzada empresa: y fue que le vino a la memoria que no era armado caballero, y que, conforme a la ley de caballería, ni podía ni debía tomar armas con ningún caballero; y puesto qeu lo fuera, había de llevar armas blancas, como novel caballero, sin empresa en el escudo, hasta que por su esfuerzo la ganase. Estos pensamientos le hicieron titubear en su propósito; mas pudiendo más su locura que otra razón alguna, propuso de hacerse armar caballero del primero que topase, a imitación de otros muchos que así lo hicieron, según él había leído en los libros que tal le tenían. En lo de las armas blancas pensaba limpiarlas de manera, en teniendo lugar, que lo fuesen más que un armiño: y con esto se quietó y prosiguió su camino, sin llevar otro que el que su caballo quería, creyendo que en aquello consistía la fuerza de las aventuras. 

Yendo, pues, caminando nuestro flamante aventurero, iba hablando consigo mismo, y diciendo: 

¿Quién duda sino que en los venideros tiempos, ciando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere, no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salida tan de mañana, de esta manera? "Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados pajarillos con sus arpadas lenguas habían saludado con dulce y meliflua armonía la venida de la rosada aurora que dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones del manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero D. Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante, y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel." (Y era la verdad que por él caminaba) y añadió diciendo: 

"Dichosa edad, y siglo dichoso aquel adonde saldrán a luz las famosas hazañas mías, dignas de entallarse en bronce, esculpirse en mármoles y esculpirse en mármoles y pintarse en tablas para memoria en lo futuro. ¡Oh tú, sabio encantador, quienquiera que seas, a quien ha de tocar el ser coronista de esta peregrina historia! Ruégote que no te olvides de mi buen Rocinante compañero eterno mío en todos mis caminos y carreras." 

Luego volvía diciendo, como si verdaderamente fuera enamorado: 

"¡Oh, princesa Dulcinea, señora de este cautivo corazón! Mucho agravio me habedes fecho en despedirme y reprocharme con el riguroso afincamiento de mandarme no parecer ante la vuestra fermosura. Plégaos, señora, de membraros de este vuestro sujeto corazón, que tantas cuitas por vuestro amor padece."

Con estos iba ensartando otros disparates, todos al modo de los que sus libros le habían enseñado, imitando en cuanto podía su lenguaje; y con esto caminaba tan despaico, y el sol entraba tan apriesa y con tanto ardor, que fuera bastante a derretirle los sesos, si algunos tuviera. 

Casi todo aquel día caminó sin acontecerle cosa que de contar fuese, de lo cual se desesperaba, poerque quisiera topar luego, con quien hacer experiencia del valor de su fuerte brazo. Autores hay que dicen que la primera aventura que le avino fue la de Puerto Lápice; otros dicen que la de los molinos de viento; pero lo que yo he podido averiguar en este caso, y lo que he hallado escrito en los anales de la Mancha, es que él anduvo todo aquel día, y al anochecer, su rocín y él se hallaron cansados y muertos de hambre; y que mirando a todas partes, por ver si descubriría algún castillo o alguna majada de pastores donde recogerse, y adonde pudiese remediar su mucha necesidad, vió no lejos del camino por donde iba una venta, que fue como si viera una estrella, que a los portales, si no a los alcázares de su redención, le encaminaba. Dióse priesa a caminar, y llegó a ella a tiempo que anochecía. 

Estaban acaso a la puerta dos mujeres mozas, de estas que llaman del partido, las cuales iban a Sevilla con unos arrieros, que en la venta aquella noche acertaron a hacer jornada; y como a nuestro aventurero todo cuanto pensaba, veía o imaginaba, le parecía ser hecho y pasar al modo de lo que había leído, luego que vió la venta se le representó que era un castillo con sus cuatro torres y chapiteles de luciente plata, sin faltarle su puente levadizo y honda cava, con todos aquellos adherentes que semejantes castillos se pintan.

Fuese llegando a la venta (que a él le parecía castillo), y a poco trecho de ella detuvo las riendas a Rocinante, esperando que algún enano se pusiese entre las almenas a dar señal con alguna trompeta de que llegaba caballero al castillo; pero como vió que se tardaban, y que Rocinante se daba priesa por llegar a la caballeriza, se llegó a la puerta de la venta, y vió a las dos distraídas mozas que allí estaban, que a él le parecieron dos hermosas doncellas, o dos graciosas damas, que delante de la puerta del castillo se estaban solazando. En esto sucedió acaso que un porquero, que andaba recogiendo de unos rastrojos una manada de puercos (que sin perdón así se llaman), tocó un cuerno, a cuya señal ellos se recogen, y al instante se le representó a D. Quijote lo que deseaba, que era que algún enano hacía señal de su venida, y así con extraño contento llegó a la venta y a las damas, las cuales, como vieron venir un hombre de aquella suerte armado, y con lanza y adarga, llenas de miedo se iban a entrar en la venta; pero Don Quijote, coligiendo por su huida su miedo, alzándose la visera de papelón y descubriendo su seco y polvoso rostro, con gentil talante y voz reposada les dijo:

—Non fuyan las vuestras mercedes, nin teman desaguisado alguno, ca a la órden de caballería que profeso non toca ni atañe facerle a ninguno, cuanto más a tan altas doncellas, como vuestras presencias demuestran.

Mirábanle las mozas y andaban con los ojos buscándole el rostro que la mala visera le encubría; mas como se oyeron llamar doncellas, cosa tan fuera de su profesión, no pudieron tener la risa, y fue de manera, que Don Quijote vino a correrse y a decirles: 

Bien parece la mesura en las fermosas, y es mucha sandez además la risa que de leve causa procede; pero non vos lo digo porque os acuitedes ni mostredes mal talante, que el mío non es de al que de serviros.

El lenguaje no entendido de las señoras, y el mal talle de nuestro caballero, acrecentaba en ellas la risa y en él el enojo; y pasara muy adelante, si a aquel punto no saliera el ventero, hombre que por ser muy gordo era muy pacífico, el cual, viendo aquella figura contrahecha, armada de armas tan desiguales, como eran la brida, lanza, adarga y coselete, no estuvo en nada en acompañar a las doncellas en las muestras de su contento; mas, en efecto, temiendo la máquina de tantos pertrechos, determinó de hablarle comedidamente, y así le dijo: 

—Si vuestra merced, señor caballero, busca posada, amén del lecho (porque en esta venta no hay ninguno), todo lo demás se hallará en ella en mucha abundancia. 

Viendo Don Quijote la humildad del alcaide de la fortaleza (que tal le pareció a él el ventero y la venta), respondió: 

—Para mí, señor castellano, cualquiera cosa basta, porque mis arreos son las armas, mi descanso el pelear, etc.

Pensó el huésped que el haberle llamado castellano había sido por haberle parecido de los senos de Castilla, aunque él era andaluz y de los de la playa de Sanlúcar, no menos ladrón que Caco, ni menos maleante que estudiante o paje. Y así le respondió: 

—Según eso, las camas de vuestra merced serán duras peñas, y su dormir siempre velar; y siendo así, bien se puede apear con seguridad de hallar en esta choza ocasión y ocasiones para no dormir en todo un año, cuanto más en una noche. 

Y diciendo esto, fue a tener del estribo a D. Quijote, el cual se apeó con mucha dificultad y trabajo, como aquel que en todo aquel día no se había desayunado. Dijo luego al huésped que le tuviese mucho cuidad de su caballo, porque era la mejor pieza que comía pan en el mundo. Miróle el ventero, y no le pareció tan bueno como Don Quijote decía, ni aun la mitad; y acomodándole en la caballeriza, volvió a ver lo que su huésped mandaba; al cual estaban desarmando las doncellas (que ya se habían reconciliado con él), las cuales, aunque le habían quitado el peto y el espaldar, jamás supieron ni pudieron desencajarle la gola, ni quitarle la contrahecha celada, que traía atada con unas cintas verdes, y era menester cortarlas, por no poderse queitar los nudos; mas él no lo quiso consentir en ninguna manera; y así se quedó toda aquella noche con la celada puesta, que era la más graciosa y extraña figura que se pudiera pensar; y al desarmarle (como él se imaginaba que aquellas traídas y llevadas que le desarmaban, eran algunas principales señoras y damas de aquel castillo), les dijo con mucho donaire:
Nunca fuera caballero
de damas tan bien servido, 
como fuera D. Quijote
cuando de su aldea vino; 
doncellas curaban dél, 
princesas de su Rocino.
O Rocinante, que este es el nombre, señoras mías, de mi caballo, y Don Quijote de la Mancha el mío; que puesto que no quisiera descubrirme fasta que las fazañas fechas en vuestro servicio y pro me descubrieran, la fuerza de acomodar al propósito presente este romance viejo de Lanzarote, ha sido causa que sepáis mi nombre antes de toda sazón; pero tiempo vendrá en que las vuestras señorías me manden, y yo obedezca, y el valor de mi brazo descubra el deseo que tengo de serviros. 

Las mozas, que no estaban hechas a oír semejantes retóricas, no respondían palabra; sólo le preguntaron si quería comer alguna cosa. 

Cualquiera yantaría yo, respondió D. Quijote, porque a lo que entiendo me haría mucho al caso. 

A dicha acertó a ser viernes aquél día, y no había en toda la venta sino unas raciones de un pescado, que en Castilla llaman abadejo, y en Andalucía bacalao, y en otras partes curadillo, y en otras truchuela. Preguntáronle si por ventura comería su merced truchuela, que no había otro pescado que darle a comer. 

Como haya muchas truchuelas, respondió D. Quijote, podrán servir de una trucha; porque eso se me da que me den ocho reales en sencillos, que una pieza de a ocho. Cuanto más, que podría ser que fuesen estas truchuelas como la ternera, que es mejor que la vaca, y el cabrito que el cabrón. Pero sea lo que fuere, venga luego, que el trabajo y peso de las armas no se puede llevar sin el gobierno de las tripas. 

Pusiéronle la mesa a la puerta de la venta por el fresco, y trájole el huésped una porción de mal remojado, y peor cocido bacalao, y un pan tan negro y mugriento como sus armas. Pero era materia de grande risa verle comer, porque como tenía puesta la celada y alzada la visera, no podía poner nada en la boca con sus manos, si otro no se lo daba y ponía; y así una de aquellas señoras sería de este menester; mas el darle de beber no fue posible, ni lo fuera si el ventero no horadara una caña, y puesto el un cabo en la boca, por el otro, le iba echando el vino. Y todo esto lo recibía en paciencia, a trueco de no romper las cintas de la celada.

Estando en esto, llegó acaso a la venta un castrador de puercos, y así como llegó sonó su silbato de cañas cuatro o cinco veces, con lo cual acabó de confirmar Don Quijote que estaba en algún famoso castillo, y que le servían con música, y que el abadejo eran truchas, el pan candeal, y las rameras damas, y el ventero castellano del castillo; y con esto daba por bien empleada su determinación y salida. Mas lo que más le fatigaba era el no verse armado caballero, por parecerle que no se podría poner legítimamente en aventura alguna sin recibir la órden de caballería.

Preguntas para acercarse a esa obra:
02 ¿Existe un retrato de Cervantes?
Ninguno de los que se han creído es fiable, ni el que preside el salón de la Real Academia. Su autorretrato lo hace él en el prólogo de las Novelas ejemplares: "Éste que veis aquí, de rostro aguileño…". Y en toda su obra.
http://elpais.com/diario/2004/12/19/eps/1103441210_850215.html

Frases de don Quijote
-Amor y deseo son dos cosas diferentes; que no todo lo que se ama se desea, ni todo lo que se desea se ama.

-Aún entre los demonios hay unos peores que otros, y entre muchos malos hombres suele haber alguno bueno.
-Bien predica quien bien vive.

Resumen del capítulo 02

Después de haber hecho todas las prevenciones, don Quijote no quería esperar mucho más tiempo para realizar sus andanzas para poner en orden el desorden que veía por aquellos parajes. Con todas las armas que creía necesarias para realizar su empresa, se sube a su caballo y con su lanza resuelve irse por el campo sin avisarle a nadie de su escapatoria en un día caluroso del mes de julio. Estando en el allí, de pronto, le viene a la mente que los nuevos caballeros deben llevar escudos blancos hasta conseguir realizar alguna proeza importante, eso le hace dudar en su propósito. Así que decide que debe limpiar sus armas hasta que estás se queden blancas y presume que se hará caballero en la primera oportunidad que se le presente. En sus devaneos empieza a imaginar lo que podrían escribir de él y de sus famosos hechos, usando los autores aquellos lenguajes rebuscados de los libros de caballerías. El caballero anda durante todo el día sin que nada suceda, y al anochecer, tanto él como su caballo están cansadísimos y muertos de hambre; y comienza a mirar por todas partes para ver si descubre algún lugar donde pueda recogerse y remediar su necesidad más extrema, así que ve no muy lejos del camino una venta que para él era un castillo. Al aproximarse del lugar, en la puerta se depara con dos mujeres jóvenes que al verlo vestido de aquella manera se asustan y comienzan a entrar en la venta, pero don Quijote les impiden diciendoles no que huyeran y en eso se presenta a ellas como caballero. Nada más oírle, las mujeres empiezan a reírse de su forma de hablar y el ventero al verle tampoco sabe qué pensar. Las doncellas le preguntan a Don Quijote si él quería comer alguna cosa, y él les responde que cenaría cualquier cosa que hubiera en aquel lugar. Siendo aquél día un viernes, solo había unas raciones de pescado, que en Castilla llamaban de Abadejo que en otros lugares tenían otro nombre. A él no importaba lo que le sirvieran las mujeres, sino que lo hicieran rápido porque tenía mucha hambre. Y así le pusieron una mesa en la puerta de la venta por que hacía fresco, y le trajeron una porción de comida. Pero lo más cómico era verlo comer, porque el don Quijote dependía de otros para poder hacerlo ya que no había conseguido sacarse la armadura, incluso darle de beber se había vuelto imposible, si el ventero no le hubiera ayudado con una caña. Y él lo recibía todo con mucha paciencia a cambio de no romper las cintas de la celada. Estando ellos aun en esa situación, llega allí un castrador de puercos, y al sonar su silbato, Don Quijote confirma que realmente está en algún famoso castillo y todo lo que veía era hermoso a sus ojos, allí solo había las mejores cosas. Pero lo que más le fatiga es el no verse armado caballero, por parecerle que no se podía poner legítimamente en aventura alguna sin haber recibido la orden de caballería. 
Janete M. C. Silva

Análisis del capítulo 02 - Programa Antconc - Estadística de palabras: wordlist/concordance

#Word Types: 836
#Word Tokens: 2216

Mayor índice de palabras cap02:

01
 112
 que   
Pr. relativo u otra posibilidad

02
 104
 y        
Conjunción

03
 102
 de     
Preposición

04
 065
 la       
Artículo definido singular f.

05
 058
 a        
Preposición

06
 054
 en     
Preposición

07
 046
 el       
Artículo definido singular m.

08
 033
 su     
Pr. posesivo

09
 031
 no     
Ad. negación

10
 030
 se     
Pr. Reflexivo u otra posibilidad

11
 029
 con   
Preposición

12
 029
 las    
Artículo definido plural f.

13
 026
 le       
P. Objeto indirecto

14
 021
 lo      
P. neutro u otra posibilidad

15
 020
 por   
Preposición

16
 018
 como           
Adv. de modo u otra posibilidad

17
 017
 los    
Artículo definido plural m.

18
 013
 del    
Contracción

19
 013
 él       
Pronombre sujeto

20
 012
 al       
Contracción

21
 012
 era    
Verbo - SER
P. Imperfecto Ind.
22
 012
 quijote
Sustantivo